A propósito de una columna de la profesora Karin Trajtemberg

 

 

 

 

 

 

 

Gonzalo Ibáñez S.M.


Gran controversia ha suscitado la aprobación por parte de la Comisión Constituyente de una disposición que autoriza el aborto libre hasta el momento mismo del nacimiento de un niño. No son pocos los que, habiendo aprobado el proyecto de ley que autorizó hace ya un tiempo el aborto en tres causales, hoy reculan frente a la posibilidad de apoyar a este nuevo proyecto de aborto libre. Sin embargo, la discusión acerca de éste discurre, sin duda, por el mismo cauce argumentativo del anterior hasta el punto de no ser sino su consecuencia lógica. En este entendido, por ejemplo, la profesora Karen Trajtemberg, en columna publicada por este diario, argumenta: “Se trata de un tema moral y en el que nadie es dueño de la verdad, por lo que no se puede atentar contra el libre albedrío de cada uno. Efectivamente, la norma debe respetar el derecho humano a la vida, pero también a decidir de acuerdo a los propios cánones valóricos” (DR p. 3, 20/03/22).  Aparentemente muy ecuánime, este párrafo suscita, sin embargo, varias interrogantes. Primeramente, “nadie es dueño de la verdad”, pero ¿será verdad o no que el ser que crece en el seno de una madre humana es un ser humano? ¿o eso va a depender de lo que cada uno “crea”, de tal modo que, si yo no creo que ese ser es humano, entonces no lo es; pero, si otro cree que lo es, entonces lo será? O sea, de acuerdo a lo que enseña la profesora Trajtemberg, ese ser puede ser humano o puede, a la vez, no serlo, si quienes lo observan piensan distinto. Segundo: “la norma debe respetar el derecho humano a la vida, pero también a decidir en acuerdo a los propios cánones valóricos”. La jerarquía entre estos dos intereses la profesora la pone de manifiesto: la decisión en acuerdo a los propios cánones valóricos se impone en este caso sobre el derecho a la vida, y por eso es por lo que se puede matar a ese niño aun en el seno de su madre, a pesar de su inocencia e indefensión. Pero, si ello es así ¿no corresponderá entonces, recorrer las cárceles del país y preguntarles a los criminales cuáles eran sus cánones valóricos al momento de cometer sus crímenes, y sobre esa base dictar una nueva sentencia caso por caso?

Cuando se critica la posición de la Iglesia Católica contraria al aborto, se lo hace no por la vía de probar, por ejemplo, que el nasciturus no es un ser humano. La crítica apunta contra la Iglesia porque enseñando así, ella estaría demostrando su voluntad de imponer un postulado válido sólo para los católicos, pero no para los que no lo son. Guido Girardi, cuando era senador, acusó a la Iglesia de pretender la imposición de una “dictadura moral” cuando alega que al aborto le corresponde estar prohibido por su condición de crimen abominable. Como ello implicaría impedir que cada uno pueda “decidir de acuerdo a sus propios cánones valóricos” según lo sostiene la profesora Trajtemberg, tal posición debe ser rechazada no importando para nada si la víctima de este rechazo es un ser humano o no lo es.  Lo importante es dejar paso a los “cánones valóricos de cada uno”. Vamos, pues, a las cárceles a preguntar a los criminales cuáles eran sus propios cánones valóricos y después enjuiciémoslos de acuerdo a esos cánones. Son algunas de las contradicciones vitales que muestra la posición pro aborto y que convendría que quienes las sostienen, ensayen explicarlas.

Hagamos, en fin, justicia con la Iglesia Católica. Desde luego, la moral que enseña el catolicismo hace suyas las conclusiones de las ciencias para orientar por ellas la conducta de sus fieles. Así, un constructor es buen católico si, al construir, respeta y aplica las normas que le enseña la ciencia respectiva. Él va a esa ciencia y no al Papa de turno para preguntar por esas normas. 

Algo similar sucede en este caso. Es la biología o ciencia de la vida la que nos enseña la condición humana de la criatura que se desarrolla en el vientre de una madre humana, y ello desde el momento mismo de la concepción. Si alguien tiene una idea contraria, que no la discuta con la teología sino con la biología.  Es, por otra parte, la ciencia jurídica y no la teología la que, en primer lugar, nos enseña el deber imperioso de respetar la vida ajena, desde que es tal y mientras lo sea, para procurar el bien común de quienes formamos parte de una sociedad política. Si alguien piensa lo contrario, diríjase contra el derecho y no contra la teología, porque lo que esta nos enseña es ajustar nuestra conducta de acuerdo a lo que esta ciencia jurídica y las otras ciencias enseñan.

En fin, el aborto es siempre condenable, lo cual no significa que siempre vamos a condenar a una madre que, presa de desesperación por un embarazo no deseado, atenta contra su hijo. Pero, en este caso y otros semejantes, la culpa recae sobre los hombros de la sociedad y de quienes la formamos por no haber sido capaces de prestar la ayuda que esa mujer requería.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Valparaíso.

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