
María Fabiola Riesco S
Profesora de matemática y Física (PUC)
MBA Gestión Educacional (Umayor)
Magister en Filosofía Aplicada. (UANDES)
La educación clásica no debe confundirse con un sistema anacrónico de repetición o una instrucción "tradicional" de carácter memorístico. Por el contrario, se presenta como el cultivo intencional de las facultades humanas esenciales. Su estructura, cimentada en el Trivium y el Quadrivium, constituye una herencia de la Grecia clásica organizada en la Edad Media como sistema educativo que, lejos de haber caducado, ofrece hoy la arquitectura mental necesaria para alcanzar la sabiduría y la virtud. En este modelo, el objetivo trasciende el mero acto de "pasar materias"; se trata de estructurar la psique para orientar al individuo hacia la "vida buena", la rectitud de juicio y una participación ciudadana genuinamente orientada al bien común.
El camino comienza con el Trivium, las artes del lenguaje que moldean la mente. Incluso en la primera infancia, el ser humano atraviesa una fase embrionaria de estas artes. Todo parte de la Gramática, que responde al qué: la absorción de los símbolos y formas que constituyen la realidad; la estructura del lenguaje. A esta le sigue la Lógica, el arte del porqué, íntimamente ligado a la búsqueda de causalidad y al argumentar con fundamento y orden. Como afirmaba Aristóteles al inicio de su Metafísica: "Todos los hombres desean por naturaleza saber", señalando que el impulso cognoscitivo no es accesorio, sino constitutivo de la condición humana. Educar, en este sentido, no es adaptar al individuo a un sistema productivo, sino conducirlo hacia la realización de su naturaleza racional —aquella que Maria Montessori identificó en la infancia como la "mente absorbente"—. Finalmente, el ciclo se cierra con la Retórica, el cómo, que representa la capacidad de comunicar la verdad con belleza y claridad, utilizando el logos no como herramienta de manipulación, sino como un puente para influir en el bien de la comunidad.
Elevándose sobre esta base, el Quadrivium —término acuñado por Boecio (s. VI)— nos presenta "el camino de las cuatro vías", las artes de la materia, revelando que la matemática y la física son, en realidad, el lenguaje del cosmos. Aquí, la Aritmética (el número en sí), la Geometría (el número en el espacio), la Música (el número en el tiempo) y la Astronomía (el número en el espacio y el tiempo) se entrelazan para explicar el orden universal. "Todas las cosas que pueden ser conocidas tienen número; pues no es posible que sin número nada pueda ser concebido ni conocido", afirmaba Filolao, seguidor de Pitágoras.
No es azaroso que en el umbral de la Academia platónica rezara la advertencia: "Que no entre nadie que no sepa geometría". El desarrollo de las ciencias actuales es el resultado directo de esta herencia; las llamadas artes liberales constituyen los cimientos de una pedagogía del aprendizaje profundo.
Esta perspectiva humanista no rechaza el progreso técnico, sino que lo subordina a una ética del bien. Si Aristóteles sostenía que la mano es "el instrumento de los instrumentos", la neurociencia contemporánea refrenda hoy que el cerebro se estructura precisamente a través del contacto con lo concreto. La técnica, por tanto, debe ser siempre la sierva del alma y nunca su dueña. La unidad entre la mente y la mano es la que permite que el conocimiento sea profundo y no superficial.
Sin embargo, observamos hoy una paradoja inquietante. Mientras las élites mantienen la vigencia estratégica de este diálogo con las lecturas más complejas de Occidente —comprendiendo que el acceso al pensamiento crítico y científico no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia—, el sistema público se ha visto inundado por un pedagogismo agobiador y mediocrizante.
Esta fragmentación del saber en "competencias" utilitarias, despojadas de sus aspectos más poéticos y asombrosos, ha derivado en una alarmante falta de rigor, apagando la llama del sentido por aprender en muchos niños, especialmente en los más desposeídos. Los resultados internacionales (PISA) revelan la crisis de Occidente frente a culturas que aún preservan el respeto por el esfuerzo, la perseverancia, los saberes y las artes. Al evitar la complejidad intelectual, se priva a las mayorías del acervo cultural que permite cuestionar la realidad y amar la belleza del mundo. Esta mediocrización no es inocua: debilita las democracias y las vuelve vulnerables a la corrupción, el desencanto y el enfrentamiento sin sentido. Una ciudadanía que no ha sido iluminada por las grandes ideas queda a merced de eslóganes simplistas e imágenes emotivistas; el individuo se vuelve manipulable y pierde de vista el sentido de lo común.
La verdadera educación debe ser un acto de amor por el saber en sí mismo; por la contemplación de la belleza de aprender para dar sentido al esfuerzo que ello significa y a la vida misma. Es una educación integral. En este sentido, el mayor potencial de conocimiento debe ser otorgado a la mayor cantidad de personas posible, abordando las diferencias y condiciones individuales con dignidad y realismo. Solo a través del rigor del pensamiento y el encendido de esa "llama" —como sugerían Platón o Plutarco— aseguraremos que las futuras generaciones posean la facultad de discernir la verdad en un mundo de ruidos técnicos, noticias falsas, imágenes irreales, discusiones insensatas. Solo así preservaremos la esencia de lo humano y progresaremos hacia el bien común.
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Por La Facha Pobre
“No podemos ni debemos permitir que en Chile existan las denuncias falsas. Ni que avance el delirio sórdido de aquellos progenitores que utilizan a un menor para acusar falsamente a uno de sus padres”, sostuvo el diputado Urriticoechea al ingresar, junto a otros, un proyecto de ley para sancionar las falsas denuncias de abuso sexual y reparar a los acusados.
Es un avance, claro está, quienes hemos tenido la desgracia de sufrir de cerca el “funcionamiento” de tribunales de familia, sabemos que es urgente tomar medidas para frenar la rampante instrumentalización de los procesos para proteger a las verdaderas víctimas de abuso, así como las víctimas de denuncias falsas. Sin embargo, no es suficiente y contaré mi historia, que es la de muchos para ilustrar este punto.
Cuando empecé mi relación con mi ahora marido, ambos teníamos hijos de matrimonios que habían terminado hace varios años. Todo iba bien… hasta que la ex se enteró. Los detalles varían, pero es una historia repetida: los celos naturales de los niños, transformados en pasión animal en mentes que aún no saben procesar emociones por una mujer despechada y resentida al verse desplazada del que creía “su lugar”. Pronto las visitas de los niños se suspendieron y una relación, anteriormente amorosa se volvió un espacio de recriminación de un abandono que no era tal.
Como no lograba que mi marido se convirtiera en el conveniente cajero automático que no molesta, no pregunta, no cría, los dardos se dirigieron a mí: sin haber tenido una sola interacción negativa con sus hijos, me vi envuelta en el juicio de visitas, acusada en múltiples instancias por la madre directamente, y por la madre a través de sus hijos, de malos tratos. Acusaciones siempre vagas, sin sustancia que, tras años de juicios, abogados, peritajes, visitas de asistentes sociales, sirvieron de excusa para dejar a mi marido con un régimen de visitas a la medida de la madre… que hasta el día de hoy se niega a cumplir.
Si bien es cierto que en nuestro caso se utilizó “sólo” una vaga denuncia de mis supuestos “malos tratos”, las consecuencias no son menos reales. Al dolor de mi marido por verse alejado de sus hijos, se suma el estrés al que fuimos sometidos por años de pelear por el derecho a visitas (de los niños y del padre). En tribunales, la palabra de la madre y aún de niños que, según los mismos peritajes ordenados por ellos, mostraban la triangulación y la repetición del discurso materno, es ley.
Las madres sanas sabemos encausar y ayudar a nuestros hijos a poner las emociones en contexto y les enseñamos a no ser dominados por ellas, las madres tóxicas avivan los fuegos y dolores en el alma de sus hijos, supongo que con la esperanza de armar con las cenizas algo parecido a su propia imagen. Personas que aman más su ego que a sus hijos ha habido siempre, pero es hora de que las jueces de familia, porque el 74,7% son mujeres, dejen de facilitarles las armas para destruir a sus propios hijos y su entorno.
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28 enero, 2025 
por Cardenal Fernando Chomali
Atenta gravemente en contra de la posibilidad de formar la conciencia moral la consolidada práctica de hacer creer que la opinión de la mayoría, que en general se suele imponer por la fuerza o por sofisticadas técnicas de marketing, es la garantía de lo que es bueno o malo.
La filosofía es la única vía posible para cuestionar, con un adecuado espíritu crítico, la sobredimensionada esperanza del hombre en las ciencias exactas, que en la práctica no ha dado respuestas a las grandes inquietudes que anidan en el corazón humano.
Dicho de otro modo, la filosofía puede encauzar de modo adecuado la legítima autonomía de la búsqueda del hombre en todos los ámbitos de su ser poniéndola en su contexto de imparcialidad y así evitar que sus resultados tengan pretensiones totalizantes.
¿Acaso no percibimos un marcado acento científico de corte materialista en la formación de los jóvenes relegando a un segundo plano otras expresiones del espíritu humano vinculadas a las artes, la filosofía, la teología que lo retratan con tanta belleza y en toda su potencialidad?
La trilogía libertad, verdad y bien, adecuadamente articulada, es la única que está en condiciones de formar la conciencia moral. Si se disocia, deja de ser posible postular una auténtica libertad en la toma de decisiones, pues la libertad ya no está dirigida a ningún objeto consistente sino que sólo al capricho o al interés. Atenta gravemente en contra de esta posibilidad de formar la conciencia moral la consolidada práctica de hacer creer que la opinión de la mayoría, que en general se suele imponer por la fuerza o por sofisticadas técnicas de marketing, es la garantía de lo que es bueno o malo, despojando de todo valor al acto exquisito y propiamente humano de buscar la verdad y hacerla propia en el vivir y en el actuar.
Ser verdaderamente libre es querer hacer lo que se debe hacer y reconocer como una exigencia ética el hacer este deber hacer. La libertad adquiere su máxima densidad cuando es entrega de lo mejor de sí en el amor.
El hombre plenamente libre hace de su vida un don sincero de sí mismo a los demás. Ese es el test más prístino de una conciencia moral recta, porque amar es ser fiel a lo que el hombre es.
Además, quien busca sinceramente la verdad y el bien, no cabe duda de que está preguntando por Dios, dado que Él es la verdad y el Supremo Bien. Desde este punto de vista la crisis ética actual está asociada al proceso de secularización entendido como el deseo de desvincularse de Dios o vivir como si no existiera. Desde este punto de vista la mirada del creyente resulta de gran valor puesto que en la persona de Jesucristo se encuentra no sólo la respuesta a la pregunta acerca del ser del hombre, sino que además se le abre una respuesta impregnada de belleza a la pregunta acerca del sentido de su vida, la que lleva grabada una dimensión ética, no en cuanto imposición de normas, sino en cuanto llamado a la fidelidad a su ser, a los otros y a la historia.
Conocer la verdad es posible en virtud de una premisa cardinal de toda la argumentación: la realidad posee una verdad y una consistencia propia, y el hombre puede conocerla. Evidentemente estos presupuestos traslucen una mirada positiva del hombre, de su inserción en el mundo y del futuro.
Al mismo tiempo, esta ética del bien que se funda en verdades objetivas que emanan de la misma naturaleza, lleva también al hombre a una forma de vida menos centrada en sí mismo y más centrada en los demás; una vida de mayor sabiduría, en que la prudencia es optar por lo correcto aunque no me favorezca de modo inmediato, y en la que florezcan todas aquellas virtudes que extraen lo más bello de la condición humana.
Fuente: https://ellibero.cl/tribuna/la-lectura-filosofica-ante-los-problemas-que-nos-aquejan/
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