1 abril, 2025 

 

 

 

 

 

José Ignacio Palma
Ideas Republicanas


En una sociedad siempre tentada por los atractivos del consumo, decía, “reviste especial significado que sepamos interrumpir nuestros ajetreos cotidianos por un valor espiritual o por un sentimiento


Hoy 1 de abril se cumple un nuevo aniversario del vil asesinato de Jaime Guzmán a manos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Mucho se ha dicho en estos 34 años respecto de su obra política e intelectual, por lo que esta vez me pareció adecuado escribir sobre algún aspecto más específico de su pensamiento, muy atingente dadas las fechas que se nos vienen: me refiero a los escritos de Guzmán en épocas de Semana Santa.

Comienzo con un dato quizás poco recordado: el entonces senador falleció el lunes inmediatamente siguiente al Domingo de Resurrección. Aquel domingo 31 de marzo de 1991 fue también el de su última columna, “Celebración y espera cristianas”, publicada en el diario La Tercera. El texto parece una suerte de epitafio, de último testamento, casi como si hubiese sabido -y así lo confirman algunos de sus amigos- que sus días de peregrinación en esta tierra llegarían pronto a su fin:

“Por eso, nuestra convicción de que Cristo efectivamente resucitó constituye la clave última de nuestra fe cristiana. Ello explica que hoy -Domingo de Resurrección- sea la fiesta más importante de la cristiandad.

Ahora bien, la resurrección de Cristo cobra su plenitud en la perspectiva de la Parusía. En efecto, Cristo volverá en gloria y majestad a culminar la historia, poniéndole fin. Con su poder, Cristo nos resucitará a todos. Con su poder nos juzgará, para eterna felicidad junto a Él, o para eterna condenación, según nuestros actos.

Entonces toda la creación será glorificada y habrá ‘cielos nuevos y otra tierra nueva, en que tiene su morada la justicia’ (2 Pe. 3, 13). Allí, en el Paraíso, no tendrán más imperio ni el demonio ni la muerte. Nada estará sujeto al detrimento o corruptibilidad propios del tiempo. En ese Reino futuro lo que, ‘en vigilante espera’, los cristianos aguardamos anhelantes, con la luz victoriosa de Cristo ya resucitado”.

Es difícil no asombrarse ante ese dejo desconcertante de tranquilidad, propio de quien no teme a la muerte porque sabe que Cristo la ha derrotado. Fue sin dudas esa esperanza en la bienaventuranza eterna la que lo impregnó de seguridad para dar su discurso final en el Senado, fundamentando su voto en contra de la reforma constitucional que concede al Presidente de la República la facultad para indultar a terroristas.

Guzmán sabía que enunciar ese discurso lo pondría en la mira de organizaciones criminales, y por lo mismo tenía que ser él el que lo hiciera: “Ustedes tienen familia”, les dijo a algunos de los parlamentarios y amigos de su partido. Así, detrás del último “voto que no”, había más que un rechazo a un proyecto de ley: fue también un acto de confianza en la Divina Providencia; un “que sea lo que Dios quiera”.

Al fundador del Movimiento Gremial UC, como puede observarse, nunca le faltó el coraje para cargar con esa pesada Cruz que es la defensa de la verdad, aun cuando ella significase ser impopular o -como fue su caso- poner en riesgo la propia vida. En otra de sus columnas de Semana Santa nos recordaba, a través de la figura de Pilatos, que uno de los vicios más característicos y a la vez más corrosivos de la arena política es la cobardía derivada del escepticismo. Cuenta el Evangelio de San Juan que, al hallarse frente al emperador romano, Cristo afirmó: “para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad, y todo el que es de la verdad oye mi voz”. “¿Qué es la verdad?”, respondió Pilatos con claros visos de relativismo, antes de someter al Hijo de Dios al juicio de las masas. “El drama de Pilatos” nos dice Guzmán “resurge siempre contemporáneo”:

“El hombre se ve continuamente tentado por el escepticismo relativista de creer que cada cual tiene ‘su’ verdad. Y si cae en esa tentación, termina fatalmente sin el coraje necesario para contrariar a los poderosos, incluidos esos temibles tiranos que son la masa y el ambiente mayoritario que a cada cual lo rodea. Desafiar lo anterior requiere estar convencido de que hay una verdad, al servicio de la cual vale la pena -y es exigible- sacrificarlo todo”.

Sus escritos de Semana Santa no se quedan ahí: “El sentido del dolor” (redactó dos columnas con ese nombre, en 1984 y 1989), “La Cruz: exigencia cristiana” (1986), “Hace un año… y en el día final” (1988) y “La fe en el resucitado” (1990) son textos de su pluma que se suman a los ya mencionados, y que giran en torno a las mismas claves: que el paso por esta vida exige sacrificios en pos de lo que es bueno y verdadero; que el dolor es inevitable, pero que mirado desde la perspectiva de la Pasión, se halla en él un camino de redención iluminado por la esperanza de la Resurrección y la contemplación de Dios.

De seguro habría tenido algo que decir también respecto a la decisión del retail de abrir sus puertas por primera vez en Viernes Santo. Aunque en una época distinta del año, el profesor de derecho político escribió una columna titulada “Feriados: asunto nada trivial”, donde recordaba la dimensión trascendente que tienen nuestras tradiciones. En una sociedad siempre tentada por los atractivos del consumo, decía, “reviste especial significado que sepamos interrumpir nuestros ajetreos cotidianos por un valor espiritual o por un sentimiento afectivo”.

Si bien insistió permanentemente en la superioridad de la economía social de mercado como mecanismo de superación de la pobreza, nunca dejó de advertir que la vida humana “no es sólo producción económica o frío pragmatismo. Tiene ante todo una dimensión espiritual que nos acerca a lo divino”.

En el mundo académico e intelectual puede ser más común encontrar personajes que hablen en ese registro, pero en política ¡uff, pucha que cuesta! No toda generación tiene a un político de la austeridad, la inteligencia y el sentido de trascendencia de Jaime Guzmán, con esa capacidad de formar discípulos y acercar personas —incluso a quienes no lo conocieron— tanto al servicio público como al camino de la fe. Ese es su mayor legado, y ningún asesinato lo puede borrar.

Fuente: https://ellibero.cl/tribuna/jaime-guzman-y-la-semana-santa/

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