Cristián Labbé Galilea


Es frecuente escuchar a contertulios y ciudadanos de todas las tendencias, confesar estar “chatos” con la “chimuchina política”: ¡yo ya no leo los diarios!... ¡el Presidente explicando que no andaba ebrio!... ¡la izquierda apoyando a un díscolo Senador de derecha!... ¡la iglesia, el comercio y los políticos trenzados por un feriado!... son frases que buscan justificar tal desconexión, pero lo que realmente están reflejando es el nivel del debate político nacional, y lo amenazado que se encuentra el futuro del país.

Distraídos por tan lamentable espectáculo, nadie se enteró que esta semana falleció, prisionero en Punta Peuco, un octogenario General de Ejército que además padecía de una enfermedad terminal. Esta inexplicable situación retrata el olvido de la sociedad por miles de soldados procesados injustamente, que en la década de los 70 sacaron al país del caos y evitaron una guerra civil.

De la sociedad política y de la Justicia…ni hablar, han invisibilizado el tema de los militares, al punto que hoy nadie se hace cargo de la discriminación de que son objeto. Distraída la sociedad civil, perpetran la más cobarde y eficaz evasión de su responsabilidad en este Geriatricidio. Cómo no, sí para ellos la distracción constituye el más siniestro arte de evitar hacerse cargo del tema.

Los datos de este geriatricidio son contundentes. Hoy existen 411 uniformados prisioneros en diferentes cárceles, 348 de ellos superan los 65 años, están concentrados principalmente en el rango de 70 a 90 años, y muchos de ellos sufren enfermedades terminales o son no valentes. Para ellos no hay justicia sino venganza, y discriminación que no se ve pero se siente, generando heridas muy profundas.

Si algún contertulio duda, esta pluma le recuerda que los militares son los únicos juzgados en un sistema desechado por injusto, inquisidor y obsoleto. Cabe recordar que, para la pandemia, el expresidente Piñera decretó la conmutación de penas a miles de presos mayores de 60 años (grupo vulnerable), sustituyendo las privativas de libertad por reclusión domiciliaria, beneficio que excluyó a los militares.

Reconocer y dar visibilidad a esta realidad es crucial para fomentar una sociedad más justa. Es imperdonable que, por razones políticas, los prisioneros militares sean invisibilizados, marginados y excluidos, y que por diversas razones no reciban la atención o el apoyo que merecen, perpetuando el ánimo de venganza y una inexplicable desigualdad dentro de la sociedad.

La realidad es dolorosa. Por eso esta pluma, al despedir a otro “camarada de los batallones olvidados”, quiere encender una luz de la esperanza, no en los políticos ni en la justicia, sino en la misericordia, considerada en muchas religiones como una de las virtudes más importantes, destinada a ayudar aliviando el sufrimiento ajeno en momentos de vulnerabilidad o debilidad.

Al terminar estas líneas, y pensando en este nuevo veterano muerto en cautiverio, tatareo en dolido silencio esa vieja marcha “Yo tenía un Camarada”. Y recuerdo a San Francisco de Asís, quien sostuvo que "La misericordia es más grande que la justicia”; pienso que la iglesia, así como “se las juega por un feriado”, bien podría “por caridad cristiana” abogar por aquellos miembros de la familia militar que son víctimas de un geriatricidio.

.