07 de abril, 2020 

 

 

 

 

Tomás Flores
Economista Senior de Libertad y Desarrollo


Nunca la fijación de precios aumentó la disponibilidad del producto que es escaso y lo único que logró fue que los comerciantes desviaran la oferta hacia el mercado negro. De esta manera, si hay escasez de un producto, es necesario analizar las herramientas que permitan aumentar la oferta de manera radical.


En las últimas semanas, producto de la expansión de la pandemia del Covid-19, se ha disparado la demanda por ciertos bienes como mascarillas, alcohol gel y artículos de limpieza, con el consiguiente quiebre de la cadena de suministro y alza del precio. Ante esto último, algunos han planteado como solución la fijación del precio de esos artículos.

La literatura es abundante sobre esta materia y distingue tres motivaciones para establecer precios máximos. El primero es como una herramienta anti-inflación; el segundo, en caso de conflicto bélico y el tercero es ante una catástrofe natural o sanitaria como la actual.

En el primero de los casos, anti-inflación, tenemos, entre muchos, los ejemplos de Chile durante la Unidad Popular o Argentina con los precios “sugeridos” de Macri. En ambos casos se dedican muchos funcionarios a definir administrativamente los precios de miles de artículos, los cuales rápidamente salen del mercado formal y solo son conseguidos en el mercado negro a precios mucho más elevados. Asimismo, los productos que quedan en el mercado son de inferior calidad, para así tratar de concordar el precio artificialmente fijado con los costos respectivos, siendo el ejemplo del “pan negro” durante la UP, debido a la menor calidad de la harina usada. Aún en esos bienes que seguían estando disponibles en el mercado era necesario hacer largas filas para poder comprar lo que hubiese.

En el caso de guerra externa, el Estado se convierte en un gran comprador de bienes y servicios para propósitos bélicos, generando escasez en el mercado civil. En Estados Unidos se ocupó el denominado sistema de “dos precios”, ya que para adquirir un producto había que pagar el precio fijado, pero además hacerlo con unas fichas que el gobierno entregaba a cada familia. Cada producto tenía esos dos precios, de manera tal que mediante ellas se limitaba el acceso a una gran cantidad de productos. A poco andar, el crimen organizado tomó control del mercado negro de productos y fichas, lo cual finalmente llevó a desmantelar el sistema en 1947.

En el caso de eventos catastróficos como un terremoto o la actual pandemia, algunos estados de los Estados Unidos tienen límite al incremento en el precio, habitualmente hasta un 10%, pero son poco utilizados ya que el surgimiento del mercado negro es habitual, por lo cual la autoridad trata de recomponer la cadena logística lo antes posible.

En suma, en cualquiera de los casos los resultados son similares y es posible aseverar que nunca la fijación de precios aumentó la disponibilidad del producto que es escaso y lo único que logró fue que los comerciantes desviaran la oferta hacia el mercado negro.

De esta manera, si hay escasez de un producto, es necesario analizar las herramientas que permitan aumentar la oferta de manera radical. Para ello es fundamental que, si por ejemplo, una empresa cervecera desea producir alcohol gel, pueda obtener rápidamente la autorización sanitaria para vender su producto. Ejemplos como el anterior son incontables, y es así como el emprendimiento suele resolver la escasez de manera mucho más eficiente que la burocracia estatal, la cual, si cede a la presión facilista de fijar precios, se dará cuenta de que con posterioridad al anuncio la oferta se reducirá en lugar de aumentar, convirtiendo la fijación de precios en lo que es, una falsa promesa de solución.

Fuente: https://ellibero.cl/opinion/tomas-flores-fijacion-de-precios-un-remedio-peor-que-la-enfermedad/

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