25 de marzo de 2025  

 

 

 

 

 

Pablo Errázuriz Montes


La élite política en Chile y en el mundo occidental se esfuerza en tapar el sol con el dedo. Se resiste a reconocer que el sistema de creencias que estructuró el orden político occidental desde 1945, se encuentra fatalmente agotado. Una metástasis irremediable descompone todos sus fundamentos.

La doctrina de los derechos humanos, que habiendo desechado la moral trascendente que ordenaba a occidente hasta entonces -precariamente, hay que decirlo-, fijó fronteras entre los buenos y los malos, de la mano de la Princesa Leya de entonces, Eleonor Roosvelt, quien cual Moisés bajó del Monte Sinaí, y nos legó con el pomposo título de Declaración Universal de los Derechos Humanos, un corpus pretendidamente universal y jurídico, pero con un tufillo a moralina kantiana y anglosajona. Conceptualmente precario y superficial, al cabo de pocas décadas ha degenerado en un grotesco medio de hegemonía política que induce a una permisividad sin obligaciones, incompatible con las básicas normas de convivencia. Este corpus y sus ramificaciones, es hoy incapaz de asegurar la seguridad y el orden público y por consecuencia la vida humana en sus manifestaciones más básicas.

Igualmente agonizan los acuerdos sobre la libertad de comercio, Breton Woods, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional etc. Un orden económico mundial basado en la hegemonía de una nación, que entonces era modelo de ciudadanos trabajadores que honraban sus compromisos. Aquel orden se ahoga hoy sin oxígeno, bajo la presión de una deuda privada y pública impagable, en un contexto de expectativas económicas desbocadas de una población masificada. Paradojalmente la población, como nunca en la historia conocida, goza de bienestar material, pero el sistema les impide acceder a la propiedad de cosas reales como una vivienda propia. La domus, requisito primordial para ser señores y no esclavos, les es inalcanzable. Población que demanda y presiona desordenadamente por más seguridad y mejores bienes y servicios, instigados por demagogos que la agitan como lo han hecho desde los albores de la historia. Un caldo en ebullición que avizora inestabilidad social creciente. No tendréis nada y seréis felices, como pregonabla don Joaquín Lavin Infante.

Tal como esos matrimonio de pueblo chico en que los cónyuges son infieles mutuamente, pero se presentan en sociedad como la pareja ideal, cuando todos saben del timo, la élite política y económica que disfruta del status quo, encerrada en sus guetos mentales y materiales, sigue agitando los brazos narcotizados por sus propias mentiras y autoengaños, pretendiendo que el gatopardismo es la solución: que todo cambie para que todo siga igual. Simulando revoluciones y contra revoluciones de niños bien, al estilo del Frente Amplio o de Evopoli, con líderes sonrientes que brillan en los matinales de TV, cegándose deliberadamente a ver la creciente sordidez de las megalópolis donde la miseria moral, la violencia, los narcóticos (que muchos de ellos mismos consumen) atraen la delincuencia como las moscas a la basura, mientras la imposibilidad de acceder a la vivienda propia, hacer familia y tomar el control de sus vidas, asfixian a la mayoría de la población.

¡Cuántas veces ha sucedido esto en la historia!

Entonces, cuando surgen liderazgos que, despreciando la moralina de códigos de conducta caducos, ofrecen un camino de solución práctico que salve la convivencia, donde los jóvenes puedan prosperar y retomar el control de sus vidas, esta élite gatopardezca se alinea de capitán a paje para denunciarlos como populistasfascistasextremistasaparecidos, sin trayectoria etc. A veces estas élites embriagadas por sus propias mentiras, tienen éxito gracias a que las masas están también narcotizadas por este falaz espíritu del Gatopardo, como sucede en Francia, España, Gran Bretaña y especialmente en Alemania, donde el ejercicio de la soberanía popular más parece una ceremonia de suicidio colectivo al estilo Jim Jones.

Entonces, al surgir líderes como los que ha levantado Donald Trump en los EEUU, Marcos Rubio o J.D. Vance, personas que se distinguen por la calidad de sus conductas, en síntesis: hombres virtuosos, la élite debe renovar su arsenal de epítetos para concitar el desprecio de las masas.

En Chile, bajo el manto protector de la Virgen del Carmen, surge en el horizonte un hombre joven que parece encarnar ese género de liderazgo: Johannes Kaiser.

No hay que ser un politólogo repleto de estudios de post grado, para darse cuenta de que él, obtendrá una mayoría electoral que bien podría, Dios mediante, ser una mayoría abrumadora que aplastase el espíritu gatopardezco de las élites. Él, parece encarnar aquel liderazgo inmortal de quienes, desde los confines de la historia, recuperan la convivencia pacífica de los pueblos, bajo la fórmula de propiciar la elevación de la calidad de las conductas de gobernantes y gobernados. Aquel inmutable principio republicano que en los albores de Chile independiente nos legó el inmortal Portales: sumisión a la ley escrita promulgada con antelación a las conductas y ejercitar, gobernantes y gobernados, el respeto de las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Cuando la carne está algo añeja, los cocineros la rocían de especias para ocultar su añejez. En esta contienda electoral surgen esos cocineros facinerosos de la mano de los mass media, empresas de encuestaje, dinero de empresarios prebendarios etc. En nuestro caso, de nada servirá. La podredumbre de la élite es demasiado grotesca y evidente para ocultarla con aderezos. Por otra parte, no se puede tapar el sol con el dedo: el corpus de creencias que animó a occidente yace en el suelo cual cristal roto.

El triunfo electoral de J. Kaiser será imposible de evitar por esas élites caducas. La tarea posterior será pues monumental: recuperar el respeto a la ley de autoridades y ciudadanos, moderar las expectativas de las masas disconformes, seducir a aquellas personas para que dejen de ser masas y pasen a tener el control de sus vidas, reconquistar los espacios públicos para las familias y para los hombres y mujeres de buena voluntad, orientar el orden económico para que los jóvenes, en base al trabajo y esfuerzo personal,  tengan un horizonte de expectativas razonables donde puedan prosperar haciendo familia, acabar con el victimismo y recordar el principio que cada cual es responsable de la consecuencia de sus actos.

Fuente: https://pabloerrazurizmontes.blogspot.com/

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