Freddy Blanc
Consejero Nacional PRCh


Califico como muy interesante la intervención de Monseñor Fernando Chomalí, Arzobispo de Santiago, en un artículo publicado el día 18 de enero pasado en un periódico de alta circulación nacional.

Titulado PARA MEDITAR, nos habla de lo “preocupante que es ver el desfile de muchas personas con responsabilidad públicas pasando por los tribunales, o siendo muy cuestionadas por sus prácticas. Parece que el pudor y la vergüenza no existen en quienes deben brillar por su integridad moral y las buenas prácticas”. Monseñor recomienda un test que considera válido para toda actividad humana, extraído de un libro escrito por un señor de apellido Loosdrept, cuyo título es “Prevenir los riesgos éticos en la empresa” y que fuera publicado en el año 2008, en París.

En el test se indica que debemos preocuparnos si hemos dicho frases como las siguientes:

1.- Esto lo hago ahora y nunca más;

2.- Eso que voy a hacer no se lo cuentes a nadie;

3.- Lo que importa son los resultados y no tanto cómo se llega a ellos;

4.- Pero si todo el mundo lo hace;

5.- Siempre lo hemos hecho así;

6.- No estamos obligados a decir cómo logramos esto;

7.- Hagamos la vista gorda;

8.- Pero si no es tan grave; y

9.- Si tuviéramos que respetar todas las reglas, no haríamos nunca nada.

¿Han escuchado a algunos de sus líderes expresando esas frases?. No puedo meter las manos al fuego, pero me atrevería a asegurar que sí.

Por otro lado, dice que usted puede estar tranquilo si se pregunta cosas como lo siguiente:

1.- Lo que estoy haciendo ¿es legal y ético?, ¿es conforme a las normas de conducta que yo quisiera para la sociedad en que vivo?

2.- ¿Es honesto lo que estoy haciendo?;

3.- ¿Me siento conforme con lo que estoy haciendo?, ¿Le haría lo mismo a la persona que quiero?

3.- Si me lo hicieron a mí, ¿qué pensaría?;

4.- ¿Quisiera que mi familia se enterara de lo que estoy haciendo?;

5.- Si todas las personas actuarán como yo estoy actuando ¿qué mundo estaríamos construyendo?

Monseñor nos dice que: “La corrupción en los países acarrea violencia, pobreza y desesperanza. Es tarea de todos darle un decidido freno. Lo que está en juego es la democracia y el estado de derecho y es necesaria la confianza mutua entre todos los que requerimos para convivir en paz. El momento de decir no a la corrupción es ahora, con claridad y sin ambigüedades, y si alguno de nosotros se da cuenta de que está inmerso en una cultura donde brilló el oscurantismo, el tráfico de influencias, las malas prácticas, el amiguismo, el nepotismo, el cohecho, el uso indebido de recursos del estado o ajenos, que renuncie y, si es un delito, auto denúnciese. Más temprano que tarde lo van a pillar. El espectáculo de ver en los tribunales a personas de las cuales dependía el bienestar de muchos hiere el alma y huele muy mal”.

Hasta ahí las palabras de Monseñor.

Vamos con el análisis.

La teología de la liberación es una corriente teológica cristiana integrada por varias vertientes católicas y protestantes, nacida en América Latina en la década de 1960 tras la aparición de las Comunidades Eclesiales de Base, el Concilio Vaticano II entre los años 1962 y 1965 y la Conferencia Episcopal de Medellín en 1968, que se caracteriza por considerar que el Evangelio exige la opción preferencial por los pobres y por recurrir a las ciencias humanas y sociales para definir las formas en que debe realizarse dicha opción.

Los primeros en utilizar el concepto de «teología de la liberación» y en definir esta corriente fueron el teólogo presbiteriano brasileño Rubem Alves y el sacerdote católico peruano Gustavo Gutiérrez Merino, cuyos primeros trabajos sobre el tema datan de 1968 y 1969, respectivamente.

En nuestro país no fue menor el accionar de la Iglesia Católica y su relación directa con el comunismo nacional e internacional.

No debemos olvidar las actividades de la iglesia durante el gobierno militar. A través de la Vicaría de la Solidaridad, creada por el papa Pablo VI a solicitud del cardenal Raúl Silva Henríquez en sustitución del Comité Pro Paz, su función fue prestar asistencia a las supuestas víctimas del gobierno militar aunque, evidentemente, extendió también su paraguas de protección a terroristas y delincuentes. En lo mismo, son innumerables los sacerdotes que trabajaron directamente con ellos, como los recordados André Jarlan y Pierre Dubois. La presencia de otros similares ha sido profusa a través de todos los países de nuestra sufrida América Latina.

En ese contexto y con la claridad de la historia mediante, es justo reconocer en Monseñor Chomalí su intención permanente de traer de vuelta los principios y valores cristianos a los feligreses. La Iglesia Católica, tan maltratada, cuestionada y denigrada no tan solo por el comunismo que quema sus iglesias, sino también por diferentes casos que empañan su imagen, necesita retomar con fuerza su tarea esencial, como son la comunión y la participación, es decir, llevar hacia el Padre, por Jesucristo, en el Espíritu Santo; unir a los hombres con Dios, para vivir su vida, su amor y su verdad; transformarse y transformar el “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.”

La Iglesia debe transmitir a cada creyente la fe común y articularla en cada uno de ellos, a modo personal y comunitario, en cuanto espacio de encuentro con Dios sea revelado por Jesucristo. Eso significa que la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento de comunión con Dios y los hombres.

La Iglesia tiene una gran tarea para traer de vuelta la paz a nuestros ciudadanos. Esa tarea no es política, es una tarea de principios y de valores cristianos.

No es aceptable que luego de tantas iglesias quemadas, como en los mejores tiempos del Imperio Romano, nuestros sacerdotes prefieran ocultarse y, de paso, ocultar la palabra de Dios.

El hombre debe saber que sólo la verdad, la belleza y la bondad pueden traer lo que es el fin de nuestra existencia, la búsqueda de la felicidad.

La verdad en nuestras palabras, la belleza en nuestros actos y la bondad en nuestros corazones son la gran fuerza de la sociedad cristiana, y sólo necesitamos reforzarlos para revertir la crisis.

Es reconfortante ver que el más grande representante de la Iglesia Católica en nuestro país saca la voz y habla a la gente de fe, sumándose a quienes desde hace mucho tiempo participamos de los crudos avatares de la batalla cultural, la gran muralla que contiene al totalitarismo esclavizante, generador de hambruna y muerte.

Monseñor Chomalí, gracias por traer a la Iglesia de vuelta al campo donde la fe es la gran guerrera y que nunca debió dejar. Bienvenido al club de la fe.

.