Freddy Blanc Sperberg
Consejero Nacional PRCh


 La paranoia es uno de los trastornos mentales asociados a los delirios. En resumen, corresponde a cuando una idea descabellada se lleva fija en la mente con una fuerza más allá de lo razonable.

Da forma a los delirios autorreferentes lo que significa que, quien expresa un comportamiento paranoico, tiene la tendencia de creer que todo lo que ocurre se da a causa de un mismo hecho e intenta ser ocultada por entidades misteriosas (sobrenaturales o no) pero que sólo él mismo es capaz de ver.

Uno de los comportamientos más corrientes es la creencia de que alguien está insertando mensajes cifrados en los anuncios de televisión, para lavarnos el cerebro. También, que alguien está escuchándonos por algún medio indeterminado, o que en los alimentos meten químicos que terminarán controlando nuestros pensamientos. Los denominados delirios de persecución son típicos de la paranoia en que se concluye que existe alguien interesado en seguirnos de manera muy discreta y que oculta muy bien sus rastros.

Las personas que sufren de paranoia presentan hostilidad, actitud defensiva y manía persecutoria, llevándolos a no confiar en nadie. También presentan típicas rutinas de protección destinadas únicamente a la “defensa de las amenazas exteriores”. Una tercera característica es la rigidez cognitiva, cuyo efecto se presenta en la incapacidad de autocorrección. Esta se manifiesta cuando sus vaticinios no se cumplen y, entonces, buscan otra explicación que no atente contra la idea principal que origina la paranoia. En ese caso termina todo enredándose y las nuevas explicaciones resultan tan poco razonables como las anteriores.

Como causas de tan complejo trastorno se aduce alteración mental o problemas neurológicos y entre las teorías de su origen se consideran el aprendizaje y la contingencia. Por ejemplo, y ojo con este origen, someterse a una gran influencia ambiental y social puede hacer que miles de personas expresen patrones de paranoia sin llegar necesariamente a ser caso clínico. En ese contexto, diversas teorías de conspiración pueden ser utilizadas como esquemas explicativos que soportan todo tipo de evidencias en contra y que, por otro lado, se basan en una entidad física u organizativa que tiene sus propios intereses y cuyo poder conlleva manejar a su antojo lo que ocurre en el planeta.

Otra causa puede ser de tipo clínico. En una situación normal, nuestra capacidad de pensar y de crear conceptos abstractos es una habilidad que nos convierte en seres inteligentes y preparados para adaptarnos a cosas nuevas. Esa flexibilidad nos permite encontrar soluciones a los cambios. Frente a situaciones variables e imprevistas reaccionamos automáticamente gracias a la hábil capacidad de nuestro encéfalo, muy desarrollado, que es capaz de reconocer patrones y regularidades en toda clase de estímulos. Esa habilidad permite poner orden en lo que podría ser un verdadero caos de percepciones y de recuerdos.

Esa misma gracia permite reorganizar la información y diferenciar los aspectos más concretos de la percepción como aquellos más abstractos, es decir, las ideas a través de las cuales interpretamos la realidad, lo que se conoce como esquemas cognitivos. Percibimos esa capacidad en muchas de nuestras experiencias diarias, por ejemplo, detectar patrones musicales en ciertos sonidos, o reconocer caras donde sólo hay manchas. Incluso somos capaces de reconocer intenciones en ciertos actos de los demás.

En el caso de los que sufren paranoia, la habilidad para reconocer ideas y percepciones subyacentes que ordenen todas las demás se vuelve algo patológico. Se transforma en una señal en que imponemos un relato muy forzado para explicar la realidad, siendo incapaces de asumir que no lo podemos anticipar todo y que debemos sólo limitarnos a experimentar nuestras vivencias, aceptando que siempre quedarán dudas por resolver. Sin esa capacidad el trastorno altera el funcionamiento cognitivo y termina saliendo de control.

Otro de los orígenes es un fallo cerebral. Por ejemplo, el síndrome de Capqras lleva a la persona a creer que sus familiares y amigos han sido reemplazados por otras personas idénticas a los originales.

Vamos con un pequeño análisis.

Este complejo trastorno mental llamó mi atención hace algún tiempo, cuando comencé a ver a parientes, amigos, conocidos y desconocidos volviéndose unos contra otros. Personas que ayer compartían afectuosamente espacios, fiestas, un café, un micrófono, una oficina o, simplemente, un saludo, un buenos días, un buenas tardes.

Todos en nuestra sociedad comenzamos a cambiar. De un tiempo a esta parte tenemos la sensación de que perdimos nuestro mundo, de que nuestra sociedad está desintegrada.

Los síntomas de hostilidad, actitudes defensivas, manías persecutorias y la desconfianza son pan nuestro de cada día en nuestros círculos. Algunos se rodean de una verdadera capa de defensa ante posibles amenazas exteriores, unas reales y otras no tanto. La rigidez cognitiva en toda su expresión y, cuando sus predicciones no se cumplen, rápidamente encuentran otra explicación, tan torpe y poco razonable como la anterior.

Lo lamentable es que, al parecer, ese cierto grado de paranoia se encuentra desplegado también en aquellos que debieran ser referentes de análisis, de estabilidad, de racionalidad.

Si el problema ha llegado a gente con mucha preparación, ¿Cómo puede el ciudadano común percibir algo distinto si vemos a una autoridad nacional culpar de incendios forestales y de ciudades, con muertes y toda la desgracia que acompaña, a los conejos? ¿A un presidente de la República que culpa a los medios de comunicación de hechos delictuales y terroristas y a una ministra que niega la violencia en una toma sin considerar que, para el propietario, más allá del costo material, el mayor precio lo pagó en lo sicológico? ¿Y a la misma ministra opinar que una persona que pide asilo político, anda de turista? Complejo resulta interpretar la actitud de un juez que deja en libertad a un delincuente por considerar que no es un peligro para la sociedad, teniendo ya más de una detención. ¿Qué ocurrirá con la siguiente víctima? Complejo resulta también analizar por qué un fiscal demora años en “investigar” un delito que sólo demoró instantes, horas o un par de días en concretarse. Más complejo aún resulta analizar cuáles son las intenciones de altos personeros de las Naciones Unidas en nuestro país, gente cuya idiosincrasia e intereses distan años luz de las preocupaciones de los verdaderos chilenos. Para otros resulta complejo también el averiguar qué significa ser un verdadero chileno. Resumen, todo se ve coludido contra el ciudadano honesto, esas son las señales.

Nuestro entorno social casi justifica reacciones mentales preocupantes ya que las respuestas no son las que esperamos. Hemos permitido que el adoctrinamiento y la integración en algunos círculos sociales nos acostumbraran a pensar a través de la paranoia o a algo peligrosamente cercano a ella. Nos hemos alejado del pensamiento crítico, ese que nos permite ser nosotros mismos. Ese entorno social ha dejado acorralado nuestro encéfalo y no lo dejamos desarrollar los esquemas cognitivos.

Nada me gustaría más que los chilenos pudiéramos recuperar la capacidad de identificar a los verdaderos trastornados mentales, a esos que hablan con los espíritus, a esos que, a punta de pastillas y sometidos a tratamiento psiquiátrico, piensan que somos tan atrasados como para no darnos cuenta de sus trastornos e intenciones, a esos que guardan silencio ante sus corruptos y expuestos actos, a esos que pretenden vendernos la pomada de un mundo feliz, a esos trastornados que compran votos y lealtades olvidando que quien se vende también lo hará a otro, a un mejor postor, a esos que una y otra vez tropiezan convencidos de que la culpa es de la piedra, a esos débiles de mente que creen que su verdad es única y eterna, olvidando que son simples mortales y que, probablemente, su verdad morirá con ellos, a esos que olvidan que la humildad es mucho más fuerte que la soberbia, a esos que hacen un verdadero deporte buscándole la quinta pata al gato.

En este convulsionado mundo se hace cada vez más necesario que la buena gente nunca pierda de vista el verdadero sentido de nuestra existencia, entre otras que los amigos, más allá de que hoy piensen distinto, debieran ser para toda la vida y evitar, a toda costa, que los verdaderos trastornados nos sigan arreando al estado que desean, a un estado de paranoia.

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