Claudio Moran Ibáñez


Gran y obvia algarabía ha producido el resultado de la votación del día Domingo. La verdad aun sin entender mucho de que se trata, las mayorías han manifestado su desaprobación contra no solo el actual gobierno sino contra el estado de cosas. Es que solo han pasado algo más de tres años, pero pareciera un siglo y otro país. Y no es que antes viviéramos en jauja, pero de todas maneras y absolutamente en todos los aspectos vivíamos mucho mejor que ahora, salvo en un punto importante: que no nos dábamos cuenta de ello. El ser humano valora las cosas cuando las pierde y eso es lo que había ocurrido.

Diríamos entonces que el aspecto positivo de la tragedia histórica que seguimos soportando, es que estamos tomando conciencia de ello, y el resultado electoral del domingo, demuestra algo muy simple y aunque le duela a la clase política: el país no quiere nueva constitución, se dio cuenta que era todo un gigantesco engaño alimentado por la clase política por razones ideológicas, pero también de compromiso y  cobardía. Por lo mismo, el resultado electoral por sí solo no soluciona nada, es más, si no se administra, se puede perder. El error más grande que se puede cometer es menospreciar al enemigo, sobre todo porque esto es una guerra, y porque ese enemigo ha demostrado por segunda vez seguida, que no le importan los resultados de votaciones adversas.

Es manifiesto que mucho más allá de las personas, la ciudadanía votó por el partido republicano, identificándolo ostensiblemente como la fuerza que representa la reacción nacional frente a lo que cada vez más compatriotas percibe: que esta “constitucionalitis” no es más que el disfraz de una descarada intervención foránea globalista que, con la apariencia de los movimientos de izquierda ideológicos, se lleva a cabo en nuestro país un proceso revolucionario globalista tendiente a la neutralización de la nacionalidad hasta su extinción y reemplazo total por los valores y conceptos del Nuevo Orden Mundial agenda 2030 ONU.

Pero por lo mismo, este logro de republicanos que se ha convertido en breve tiempo en la primera fuerza electoral del país, importa enormes responsabilidades a abordarse de inmediato. Desde las estructuras partidistas mismas, inadecuadas para esta nueva etapa, hasta la mayor carencia de la llamada “derecha”, que con este partido tiene una nueva oportunidad que exige definirse en muchos aspectos: conceptos, ideas, valores intransables. De partida, entender que a una ideología fanática e irreverente no se le puede enfrentar sin una “contra ideología”. Lo opuesto a ideas no es vacío.

El partido republicano y sus integrantes deben entender que les guste o no, hoy son y deben ser el cauce del sentir nacionalista chileno, que se ha puesto de pie frente a la agresión globalista. Chile no es de derechas ni izquierdas, es “chilenista” Entender asimismo que debe luchar inteligentemente contra el enemigo en sus múltiples formas, comenzando por la guerra cultural. No queremos ver a un republicano usando “lenguaje inclusivo”, y menos con manifestaciones “progres” y globalistas, que deberá comenzarse una depuración de la alienación mental y cultural que hemos sufrido por años y que ha permitido la distorsión de los valores y de la historia. Que el caos del PDG les sirva.

El nacionalismo chileno, manifestado en las etapas cruciales de nuestra historia, está siempre unido al concepto y grito de libertad, libertad que se enfrenta con el concepto “progresista” de la palabra-que se llaman a sí mismos “liberales” pero son socialistas-, porque está unido a fundamentos morales sin los cuales la libertad jamás es tal, es la fuerza que se levantó en septiembre contra el “mamarracho definitivo”, que solo se guardó, sus autores nunca lo desecharon. Es la fuerza que se acaba de levantar de nuevo buscando cauces y cuya correcta lectura es muy simple: no queremos siga este circo constituyente, Chile no necesita una nueva constitución, solo requiere mejorar la actual especialmente para protegernos de ese globalismo que nos ha aplastado y contra el cual la nación se ha levantado. Y que lo que  quiere esa nación chilena, es un nuevo gobierno, de orden, decencia, honestidad y honor, volver a creer y soñar, ser un país confiable, seguro, señero, respetado. Se puede, en algunos años, con un gobierno que dé el ejemplo, superar todas las taras que nos crearon. Ese camino comienza ahora, no nos extraviemos. Sueño con Chile, por eso hay que hacer esto muy bien.

 .