Juan Pablo Zúñiga Hertz


“Nunca más”. Crecí escuchando esa pequeña frase. Sea porque crecí en el seno de una familia del otro lado de la vereda de los que repetían el “nunca más”, o bien por una suspicacia interior, la cuestión es que nunca me pareció convincente la real intención de quienes la repetían. Esta vieja frasecita, repetida como un sabroso mantra, más me sonaba a un slogan o a uno de los tantos clichés de ciertas sensibilidades.

El “nunca más” tiene en sí mismo el peso de la injusticia y el de ese sesgo implacable que hizo de la frase un lucrativo negocio. Es injusta y sesgada pues apunta a “nunca más” los eventos post 11 de septiembre de 1973, muchos de los cuales resultaron traumáticos para una parte de la nación y que no se los desconozco, pero hace precisa omisión de los eventos traumáticos de entre 1965 y 1973 que también generaron dolor y secuelas hasta los días de hoy en otro sector de la nación. Esos son los otros “nunca más” que han sido sistemática y meticulosamente silenciados.

No pretendo hacer el concurso de las “Mater Christi” y ver quién gana en ser el que más sufrió. Todo Chile sufrió y es el sesgo intrínsecamente injusto que muestra una verdad parcial el que ha extendido el sufrimiento por más de medio siglo. Ese sesgo, que ha funcionado como un dedo que insiste mañosamente en mantener la herida abierta, ha sido nefasto para la nación por su carácter divisivo. Asimismo, se insiste en él pues resulta ser conveniente para algunos, por decirlo suave. Siendo así, si todo Chile sufre, ¿cuál es la diferencia entre los unos y los otros?

La diferencia radica en que quienes sufrieron el odio, la cancelación, la violencia, la persecución, el crimen y, por qué no decirlo, la tortura, el robo y la expropiación, entre 1970 y 1973, guardan silencio. Fuimos silenciados. Nuestro pasado y el sufrimiento vivido no cuenta. Es un mito, dicen algunos. Ante ello había dos caminos: victimizarse o arremangarse las mangas y seguir adelante trabajando. La primera opción nunca fue plausible, primero porque no es parte de la naturaleza del chileno hijo del rigor y, segundo, porque al ser silenciados luego de montarse una historia en la cual nuestro sufrimiento no tiene arte ni parte, resulta imposible apelar a ello. Por lo tanto, tomamos el camino de seguir adelante.

¿Y qué hay de los otros? Bueno, la historia usted la sabe. Hubo algunos conversos, otros que siguieron su vida tal como los mencionados anteriormente y otros que decidieron aprovechar las ventajas del “nunca más”. En esta última categoría, hay dos grupos: los que rumiaron sus pesares alimentando odios a fuego lento durante décadas y otro que sacó provecho financiero y de poder político. A estos últimos los conocemos muy bien con nombre y apellido. Ahora, los del primer grupo son de aquellos personajes que siempre miraban con sospecha el desarrollo del país en décadas pasadas, aquel personaje que expelía resentimiento por doquier pero que quedaba ahí, rumiando sus odios. El problema vino con lo que podemos llamar como el “empoderamiento de los enrabiados” durante la última década que terminaron por darse un festín de destrucción en la insurrección de octubre de 2019 y acabaron muchos de ellos sentados en el poder ejecutivo o saboreando las delicias del dinero fiscal, sea a través de pitutos, sea a través de una fundación de dudosa procedencia.

Después de décadas de “nunca más” cada vez hay más personas que se convencen de que no era más que una frase publicitaria, llena de sentimientos, nostalgias, que evocaba lagrimones, pero que en el fondo estaba destinada encarnar una versión nacional del viejo lema “divide para conquistar”, metamorfoseada en “divide para lucrar”. Cuánto tiempo más seguiremos escuchando la misma letanía resulta difícil de prever. Es tanto lo que han conseguido con la frasecita del “nunca más” que me temo que ante la posibilidad de que la frase caiga en la obsolescencia, sean propiciadas las condiciones para que suceda un “otra vez” y así recomenzar el ciclo.

Fuente: https://viva-chile.cl/2023/09/nunca-mas/

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