Por Raúl Pizarro Rivera


“La única lucha que se pierde es la única que se abandona”. Esta reflexión, inserta en el manual del marxismo, explica el porqué de la “sorpresiva”, pero prevista desaparición del “comandante Salvador” en la víspera de su extradición desde Argentina a Chile para que responda ante la Justicia por ser quien ordenó el asesinato del senador Jaime Guzmán.

La cacareada ‘solidaridad’ del PC jamás ha sido con “el pueblo”, al que somete y encarcela, pero es muy fraternal con sus camaradas en peligro, con sus dictaduras en agonía y con su propia existencia, cada vez más menoscabada.

Galvarino Apablaza Guerra, el “comandante Salvador” en el vocabulario guerrillero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, desde su juventud fue un personaje atractivo en el secretismo comunista. Adquirió fama —¡y qué fama!— con la formación del Frente para “combatir por las armas a la dictadura militar”, única forma, para el difunto Guillermo Teillier, “de expulsarla del poder”. Tan grotesco error de cálculo y de visión política se lo enrostró Ricardo Lagos cuando desafió a materializar dicho objetivo, pero a través de una votación popular y, por tanto, democráticamente.

Por su vía violenta, el PC quedó al margen de la Concertación en cuatro Gobiernos consecutivos de la centroizquierda y esta se acabó el mismo día en que Bachelet lo incorporó a su segunda administración.

El asesinato del senador Guzmán en 1991 fue perpetrado por un comando frentista integrado por Ricardo Palma Salamanca, Raúl Escobar Poblete —autores de los disparos— y Mauricio Hernández Norambuena, este, el único que cumple condena, tras ser extraditado desde Brasil. Los demás recibieron asilo en el exterior, entre ellos Apablaza en Argentina.

Gabriel Boric, siendo diputado y quien más tarde fuera Presidente de Chile, aprovechó una invitación del Estado Palestino para quedarse en París y reunirse con Palma. Recibió de este un espeluznante obsequio que exhibió sonriente: una polera con la imagen de Guzmán con una bala en su cabeza. El PC vela por la seguridad de sus camaradas, tal como ocurrió con Pablo Neruda, quien recibió la adecuada protección para huir y desplazarse a caballo desde Futrono hasta Argentina para evitar la prisión por infringir la Ley de Protección a la Democracia, en 1949.

Miembro de las JJ.CC. desde 1968, Apablaza se exilió en Panamá en 1973, pasando luego a Cuba, donde se integró al ejército castrista, recibiendo formación militar en la especialidad de artillería, llegando al grado de comandante. En 1979 formó parte de la guerrilla sandinista en Nicaragua.

En 1990 volvió a Chile clandestinamente y, como “comandante Salvador”, asumió la dirección del FPMR.

La Justicia lo procesó como autor intelectual del asesinato del senador Jaime Guzmán (1 de abril de 1991), sumándole luego su liderazgo en el secuestro del hijo menor del entonces propietario de El Mercurio.

INTERPOL recibió una orden de captura internacional en septiembre de 2017, pero su defensa recurrió a los tribunales bonaerenses, enredando el caso. En dos ocasiones, Cristina Fernández le dio el estatus de refugiado político, y tras perderlo, una segunda luz roja se prendió para su aprehensión en septiembre de 2025, pero tampoco surtió efecto: “cada vez que fuimos a buscarlo, no estaba”, se justificó una autoridad policial.

A Argentina, Apablaza ingresó con nombre falso en 1993, pero nunca algún tribunal presentó cargos por tal ilicitud.

Por último, la intencional demora de un juez cómplice en firmar la orden de detención para extraditarlo le permitió su huida a un país vecino ideológicamente solidario con él.

A juicio de su abogado, “en Chile no están las condiciones democráticas (¿?) para que él sea debidamente juzgado”. El defensor de este asesino parece estar intencionalmente desinformado de la buena disposición de fiscales y magistrados chilenos para hacer desaparecer del primer plano todas las causas que involucran gravemente a funcionarios y colaboradores del pasado Gobierno progresista.

Tal insolencia está al mismo nivel de la solidaridad recibida por Apablaza de una presidente hoy en prisión por manilarga; de parte de los tribunales y especialmente de la policía argentina, la que hasta abandonó su vigilancia por expresa solicitud de Apablaza: “se sentía acosado”, justificó el juez comprometido. Inaudito, por decir lo mínimo.

El “comandante Salvador”, por su condición de autoridad militar cubana, es de una jerarquía internacional para el comunismo. No hay que ser adivino ni entendido para concluir que, una vez más, ha funcionado la red de protección que por años ha tejido el marxismo. Y Chile, también como siempre, continúa aceptando explicaciones.

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