
Por Raúl Pizarro Rivera
¡Y llegó el 11 de marzo! Los niños partieron más vivaces al colegio; los papás madrugadores sonreían y las mamás abrieron rápido las ventanas para que entrase, al fin, aire limpio; los pájaros cantaban como nunca; los profesores (los con vocación) sonreían, y ninguna hoja otoñal se anticipó para impedir el paso del hombre libre y honesto.
11 de marzo: ¡al fin llegó el día de la erradicación de estos aprendices de revolucionarios!
Como nunca, el aeropuerto internacional recibió a decenas de presidentes y a genuinos e importantes personajes extranjeros —hasta una Premio Nobel—, al punto que, en menos de un día, el mandatario entrante sostuvo 22 reuniones bilaterales. Nadie echó de menos la ausencia, notificada a última hora, del socialista Lula, creador del Foro de São Paulo, todo un artífice de la corrupción en Brasil y que convino con Boric una cobarde trampa a José Antonio Kast.
Casi el 80 % de la ciudadanía experimentó la misma sensación de alivio que cuando una víctima ve entrar a la cárcel a su victimario. Con satisfacción y confianza, la gente recibió la llegada al poder de personas —¡primero que todo!— honestas, dignas, bien compuestas, con estudios superiores y cada cual con un gran dominio de su materia; exactamente el reverso de estos erradicados, pletóricos de ignorancia y, no pocos, estereotipos de la peor calaña.
El flamante presidente Kast lo dijo clarito, al conocer el baleo a un carabinero en Puerto Varas: “Quienes atenten contra los encargados del orden, ahora la pagarán muy caro”.
En cambio, patéticos fueron los shows de despedida del mandatario saliente. Consultado sobre qué lo motivó a indultar a delincuentes, respondió que fue “un compromiso”, sin explicar con quién ni por qué.
Ha llegado al poder un abogado de profesión que, en su juventud, condujo un camión de la empresa comercial de su padre. Se preparó —y muy bien— para ser presidente: participó en una primaria y la perdió; ganó una primera vuelta presidencial, pero fue superado en el balotaje y, en esta, su tercera postulación, fue electo jefe de Estado con casi ocho millones de votos.
Cuando la ciudadanía puso fin al intento de gobierno revolucionario, el 4 de septiembre de 2022, el Rechazo se impuso con un 58 %, y Kast fue electo el pasado 14 de diciembre con un porcentaje similar, casi una sincronía perfecta.
Esta analogía permite concluir, ya definitivamente, que Chile es rotundamente un país antimarxista y que, en estas condiciones, las nuevas autoridades, conjuntamente con la ciudadanía, tienen como misión neutralizar toda acción violentista extremista destinada a entorpecer el normal desenvolvimiento de un gobierno urgido por “resucitar” al país.
El PC, violentista por naturaleza y con vasta experiencia a través del tristemente recordado Frente Manuel Rodríguez, dejó enclaves muy firmemente atados al interior de la administración pública para “atornillar al revés”. Tiene tomados tres altos cargos administrativos del delicadísimo Ministerio de Defensa, siguiendo al pie de la letra el manual del filósofo marxista italiano Antonio Gramsci, quien ordenó a sus huestes penetrar a fondo la educación, los seminarios, los tribunales de justicia y las Fuerzas Armadas. Así lo hicieron y lo siguen haciendo, y en Chile, sin disimulo alguno.
La Iglesia Católica pagó un costo irreparable; escuelas y liceos son cuna de desalmados violentistas, capaces de quemar vivos a sus profesores, incluyendo almacenaje de bombas, y los jueces evitan que sus camaradas criminales sean condenados. El único rol del comunismo, y para el cual nació, es hacer la revuelta, exterminar a los empresarios, apropiarse de lo ajeno y aplastar cruelmente a la población, mal llamada “pueblo”.
¿Por qué el fracaso tan estrepitoso del gobierno de Boric? Porque el PC y el FA fueron convocados por los cubanos, en una cumbre en Caracas, para “hacer la revolución en Chile”. El derrocamiento del neoliberalismo se fijó —en honor a la revolución rusa— para octubre de 2019, con el golpe de Estado en contra de Sebastián Piñera: los revoltosos estuvieron a dos horas de lograr la toma de La Moneda, de no ser por los únicos que, a duras penas, pudieron sostener el Estado de Derecho: ¡Carabineros!
Fallado aquel intento, Boric y los suyos intentaron instalar una dictadura a través de una nueva Constitución que, a su vez, era su real y único programa de gobierno: él fue adoctrinado solo para encargarse de un Estado totalitario. No sabía, ni sabe, de alternativas.
Descubierta por la población la imposición de un régimen comunista, casi ocho millones rechazaron su propuesta.
Como ningún marxista entiende lo que es realmente una democracia, Boric y sus pandillas no pudieron administrar al Chile libre, lleno de derechos que respetar: los desastres en seguridad, finanzas, salud, educación, obras públicas, vivienda, energía y desarrollo así lo reflejan.
Incapaces de gobernar, no les quedó, entonces, más alternativa que actuar como todas sus cúpulas totalitarias: empobrecer a la comunidad y apropiarse de todo lo que estaba a su alcance.
El adoctrinamiento, desde niños, les enseña que el dinero de los demás les pertenece porque es propiedad del Estado y este, como lo afirma Daniel Jadue, “es el pueblo”.
Estos pandilleros se fueron tal como actuaron: como bandidos.
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