Por Raúl Pizarro Rivera


"Es mejor callar y parecer estúpido que abrir la boca y dejarlo en evidencia” dice un antiguo y muy vigente refrán.

Desde los primeros días de enero y, felizmente en declinación, específicamente en el ámbito audiovisual de las comunicaciones, se vivió una casi descontrolada competencia entre dislocados e ideologizados opinantes acerca de la captura del tirano Nicolás Maduro desde su propio territorio, iniciándose el lento ciclo terminal, pero esperanzador, de la perversa y despiadada dictadura chavista en Venezuela.

La rapidísima acción de inteligencia norteamericana para descabezar el cruel régimen e imponer, de inmediato, una ‘administración’ del ahora agonizante chavismo, ha sido, y está siendo, juzgada odiosamente por el marxismo, el progresismo, el centro izquierdismo y por anticuados ex cancilleres chilenos anti derechas. No dudan en demonizar la caza de Maduro y la posterior intervención de Venezuela como “un atentado al derecho internacional”.

Por la devastadora irrupción del chavismo, Venezuela fue despojado de todos los derechos humanos y, por ende, de la libre determinación del pueblo para elegir a sus autoridades: ante la pasividad del resto del mundo, el régimen usurpó las elecciones presidenciales ganadas por la oposición democrática en julio de 2024.

La acción relámpago de Estados Unidos -que dejó muertos, en su mayoría cubanos- y su posterior aplicación de medidas administrativas y económicas conducentes a la progresiva recuperación de la democracia, tienen que ser asumidos como tal y punto, sin buscarle una quinta pata al gato.

El que Washington se haya apropiado del control del petróleo venezolano, está muy lejos de ser un despojo, como lo cacarean la izquierda y sus afines. Con ello se le corta la vía de subsistencia a la casta de la dictadura, se frena el regalo de combustible a “dictaduras hermanas” y se normaliza el comercio internacional del carburante, seriamente afectado por la clandestinidad del transporte y de las entregas informales del hidrocarburo decididas por el chavismo.

La gigantesca cúpula del régimen totalitario, ya sin acceso a las millonarias recaudaciones por el tráfico de droga y del comercio negro del petróleo, tendrá que expirar algún día, ojalá más temprano que tarde, para que Venezuela recupere su democracia plena y desaparezcan para siempre las brutales patrullas civiles motorizadas que matan sin contemplaciones, vayan cayendo los generales involucrados en el narcotráfico, se extinga la farsa de una Asamblea Nacional que no es tal y se acabe el sinfín de “organizaciones sociales” y juntas vecinales que viven de y para la dictadura.

No será fácil ni rápido normalizar la institucionalidad de las Fuerzas Armadas y de la policía, hoy al mando del despiadado Diosdado Cabello. Por este, hay 15 millones de dólares de recompensa para quien lo entregue a la justicia norteamericana.

Ingenuamente, hay quienes se preguntan por qué no se coloca en el lugar del hoy prisionero Maduro a la líder opositora Corina Machado. ¿Qué podría hacer ella en medio de una jauría de asesinos todavía sobrevivientes y armados?

Ni como broma, ella podría conseguir lo forzado por la Casa Blanca de liberar prisioneros políticos, a cuenta gotas, pero excarcelados al fin y al cabo. “Acá no hay presos por pensar distinto” le dijo Maduro a la entonces Alta Comisionada de la ONU, Michelle Bachelet, cuando ésta se presentó en Caracas para inspeccionar: no los vio.

Así las cosas, no puede extrañar que Delcy Rodríguez, hija de un dirigente comunista apresado por el secuestro de un empresario y fanática chavista, esté hoy temporalmente en un doble rol como “Presidenta encargada”: hace lo que se le ordena desde la Casa Blanca y, simultáneamente, le da discursos calmantes a su mundo revolucionario local y, así, se salva de consecuencias personales peores. Ella, como exministra de Hidrocarburo de su país, posee una información riquísima acerca de las operaciones fraudulentas con el petróleo.

Los ciegos que no quieren ver en la sociedad opinante chilena deberían preguntarse algo que los callaría: ¿por qué la ONU, la gran caja pagadora de la izquierda mundial, no es capaz de juzgar y derribar a una dictadura criminal estando consciente de sus atrocidades? Dicho organismo ¿no fue, acaso, creado para evitar la repetición de matanzas humanas como las tan habituales en regímenes comunistas?

Nunca un ente externo, como ahora la Casa Blanca, había podido materializar -aunque aún a medias- el derrumbe de un régimen totalitario. Guste o no su carácter, su fisonomía o su estilo, lo que hizo el Presidente de Estados Unidos de ‘tomarse’ un imperio marxista, es algo inédito.

Hay casos, y no muchos, de caídas de dictaduras comunistas, pero ninguna ‘intervenida’ por una acción externa y, más aún, derechista. Desde dentro de Polonia, Lech Walesa, con su movimiento Solidaridad, sacó del poder al tirano comunista Jaruzelski, en tanto la gigantesca dictadura de la Unión Soviética, extendida a buena parte de Europa, sucumbió por las reformas del propio Mikhail Gorbachov, que desmantelaron el sistema.

Sacar del poder al comunismo no es tarea fácil, y ello lo saben perfectamente los chilenos, que, cada vez que al PC se le ha presentado tal posibilidad, le han negado el paso. ¿Fue, entonces, un atropello al derecho internacional la acción de Estados Unidos de recuperar la democracia para Venezuela? La respuesta ¡se cae de madura!

SI TE GUSTÓ, COMPÁRTELO

.