
Por Raúl Pizarro Rivera
A partir de la tarde/noche del 14 de diciembre de 2025, Chile ha vuelto a teñirse de azul, color que, por tradición ancestral, identifica a los países libres de la contaminación marxista.
El categórico triunfo de José Antonio Kast (Republicano) sobre la comunista Jeannette Jara no originó reacciones de sorpresa ni tuvo ribetes de hazaña, porque, con meses de anticipación, se preveía tal desenlace y con una ventaja de votos sin precedentes.
La derechización de la ciudadanía no es un simple eslabón más en la derechización que se viene produciendo en el mundo, sino es la toma de conciencia de un pueblo agobiado por la abusiva capacidad destructiva de la izquierda en sus experimentos totalitarios. Esta derrota del Gobierno tiene un sustantivo componente de castigo de quienes lo votaron en la elección del 2021.
La intrepidez cubana de extender sus garras hacia el resto de Latinoamérica terminó con la intervención de las Fuerzas Armadas en no pocos países que recurrieron a ellas para ser salvados y no repetir el trágico destino de los esclavos del castrismo, del sandinismo y del chavismo.
Desde que, realistamente, asumió la derrota de Jara, la izquierda chilena relativizó dicho fracaso auto consolándose con “la lógica de la alternancia del poder”, como si la vida nacional va a continuar igual sin ella en el poder. Gran incidencia en la victoria de la derecha la tuvo éste, el Gobierno más catastrófico de nuestra historia política y que, no por simple casualidad, es de un extremismo sin límites. La original mixtura de frenteamplistas y comunistas accedió al poder para cristalizar un régimen totalitario destinado a refundar Chile, porque “nada sirve de lo anterior”, y ello sin respetar los derechos afines a toda democracia.
La rotunda victoria del candidato derechista se planificó sobre la base de dos pilares: la extinción de un régimen podrido y la promesa de una gestión firme que conduzca de modo rápido a la resurrección del país.
Para ello serán determinantes el rol del Presidente Kast, el papel colaborativo de los políticos afines y la solidaridad ciudadana con el sentido de “emergencia”, en cuanto a que con celeridad habrá que sacar al país del pozo séptico al que lo arrojó Boric. “Mi meta -dijo el flamante Mandatario- es entregar el poder, en marzo de 2030, a un Gobierno afín al nuestro”.
Para la izquierda mundial y, en particular, para la latinoamericana, es un golpe durísimo el que Kast haya llegado a la Presidencia y con tan alto nivel de respaldo ciudadano. El marxismo y sus derivados aún no han podido digerir su histórica y aplastante derrota del 4 de septiembre de 2022 y ahora, dos años después, reciben el mazazo de la pérdida del que, por mucho tiempo, fuera un bastión continental. Es Chile otro país más que se descuelga del socialismo y se une al mapa pintado de azul del subcontinente.
Sin existir formalmente un único color universal que defina a la libertad, éste es el azul, y ello por el cielo y el mar, espacios abiertos. En cambio, el rojo se asocia a la sangre y a la lucha revolucionaria.
El rojo en Sudamérica tomó cuerpo en la década de los 90. El punto de partida fue el Foro de São Paulo, una coalición internacional de partidos y movimientos políticos de izquierda de 20 países de América Latina y el Caribe, fundada por Lula da Silva y su Partido de los Trabajadores. Su objetivo: consensuar en la región estrategias para exterminar al neoliberalismo y renovar el socialismo frente al nuevo orden mundial.
Actualmente, Norte/Centroamérica y el Caribe tienen una significativa presencia de Gobiernos de izquierda o de centro/izquierda, entre ellos Cuba, Nicaragua, Venezuela, Guatemala, México y República Dominicana.
En el subcontinente sudamericano, éste ha estado casi permanentemente pintado de rojo, pero sus pueblos se han ido liberando de las castas abusivas e inmorales, como ocurrió en Ecuador, en Perú, en Argentina, en Bolivia y hace cuestión de horas, en Chile. Quedan en rojo Venezuela…, Brasil, Colombia y Uruguay, pero éste de nula incidencia regional.
En 2026 están previstas elecciones presidenciales en Perú, hoy con dominantes fuerzas anti izquierda; en Colombia, con el ex guerrillero Gustavo Petro totalmente acorralado y cuestionado por su vínculo con el narcotráfico, y, por último, en Brasil, donde Lula debe ser, por estos días, el personaje más odiado por su liderazgo en la corrupción.
De acuerdo a la corriente mundial que avala el avance de la derecha, no es un sueño imaginar a Sudamérica casi entera de azul. El subcontinente, de aquí a octubre del 2026, puede quedarse definitivamente sin su Cumbre Progresista, que sería, así, el último de los muchos proyectos fallidos del falso profeta de la revolución, Gabriel Boric Font.
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