
Cristián Labbé Galilea
Vivimos tiempos en que la confianza parece haberse convertido en un bien escaso. Las encuestas lo reiteran y la conversación cotidiana lo confirma: el Poder Judicial y el Poder Legislativo atraviesan un profundo desprestigio, agravado por episodios que han instalado en la ciudadanía una inquietante percepción de corrupción, privilegios y falta de responsabilidad. El Ejecutivo, por su parte, tampoco escapa a esta crisis de confianza y mantiene bajos niveles de aprobación.
Sería fácil quedarse en el diagnóstico, comenzar a buscar responsables y, a través de opiniones ligeras, seguir alimentando el pesimismo. Pero la historia política nos enseña que el verdadero “arte de gobernar” comienza, y se demuestra, cuando las circunstancias son adversas.
Sobran pensadores que lo han advertido; cuando las instituciones pierden prestigio, el peligro no radica solamente en su debilidad, sino también en el vacío de autoridad y confianza que dejan. Montesquieu advirtió sobre la necesidad de preservar el prestigio y el equilibrio entre los poderes; Tocqueville comprendió que ninguna democracia podía sostenerse indefinidamente sin confianza ciudadana. Estas lecciones siguen vigentes: las instituciones pueden soportar períodos de impopularidad, pero difícilmente una pérdida prolongada de legitimidad.
¿Qué hacer entonces?
El Ejecutivo tiene una oportunidad: dejar de administrar el pesimismo y comenzar a gobernar la esperanza.
Eso requiere, antes que grandes discursos, señales sencillas y concretas: autoridad en el ejercicio del poder; tolerancia cero frente a la corrupción; transparencia en las decisiones; capacidad para reconocer debilidades; disposición para escuchar y, especialmente, concentrar los esfuerzos en aquellas materias que afectan realmente la vida de las personas y, sobre todo, de los más vulnerables: empleo, crecimiento, salud, educación y, por cierto, seguridad.
Pero hay algo todavía más importante. Un gobierno con baja aceptación debe comprender que no recuperará la confianza hablando permanentemente de sí mismo. La confianza se recupera cumpliendo lo prometido, mostrando resultados y ofreciendo un rumbo.
El Presidente debe entonces elevarse por sobre la disputa cotidiana y ejercer plenamente su condición de Jefe de Estado: convocar a quienes generen confianza, construir acuerdos sin renunciar a sus principios y, especialmente, decirle al país, con sencillez y sinceridad: tenemos dificultades, podemos haber cometido errores pero vamos a cumplir… sabemos hacia dónde vamos.
Los grandes momentos de la historia, a juicio de esta pluma, nunca fueron construidos por sociedades ni gobernantes que carecieran de problemas. Fueron construidos por quienes, enfrentados a ellos, encontraron razones y voluntad para superarlos.
Nuestro país posee instituciones, experiencia, recursos y, sobre todo, personas capaces. Lo que necesitamos recuperar es algo elemental y profundo: la convicción de que podemos lograrlo.
En suma, el arte de gobernar consiste en despertar esa confianza. Cuando una sociedad vuelve a creer en sí misma, recupera su energía, su voluntad y su futuro. Tal vez éste sea precisamente el momento de dejar de buscar culpables y, quienes creemos en la Sociedad de la Libertad, comenzar a preguntarnos, qué podemos hacer para recuperar nuestra unidad, confianza y esperanza.
¡Es tiempo de volver a creer!
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