Cristián Labbé Galilea


Cada día sorprende menos escuchar las duras críticas que la sociedad dirige contra sus hombres públicos, particularmente contra los políticos. Se les acusa de vivir atrapados en sus intereses, ideologías y pequeñas disputas, donde simpatías y antipatías terminan contaminando cualquier juicio serio sobre los problemas del país.

Más preocupante todavía es la creciente sensación de que asuntos esenciales —seguridad, salud, educación, empleo, crecimiento— aún no han logrado encontrar un verdadero rumbo de solución. Se respira cierta desazón porque abundan los políticos de ocasión y escasean los de fuste; aquellos capaces de distinguir la propaganda de la realidad, el éxito pasajero de la verdadera grandeza y la popularidad de la trascendencia.

Quizás por eso nuestros hombres públicos deberían volver a los clásicos. En las Vidas Paralelas de Plutarco, el Epistolario de Diego Portales, el Memorial de Santa Elena, El Príncipe de Maquiavelo, las Meditaciones de Marco Aurelio, los Comentarios sobre la Guerra de las Galias de Julio César o la Historia de Roma de Tito Livio, descubrirían una verdad fundamental: las circunstancias cambian, pero la naturaleza humana permanece sorprendentemente constante.

La política contemporánea parece haber sustituido esa formación por la inmediatez. Abundan los asesores de imagen, las encuestas, las estrategias comunicacionales y las campañas digitales. Todo aquello puede ayudar a ganar una elección, pero difícilmente basta para gobernar una nación. La comunicación puede construir una imagen, pero son el carácter y la inteligencia los que construyen a un estadista.

Existe, en este sentido, una enorme diferencia entre una embarcación fluvial y un buque de gran calado. La primera, a pesar de su escaso calado, navega perfectamente en aguas tranquilas, pero una pequeña tormenta puede hacerla naufragar. El segundo está construido precisamente para enfrentar temporales, mantener el rumbo y llegar a buen puerto.

Con los políticos ocurre algo parecido. Algunos navegan cómodamente mientras soplan vientos favorables. Pero cuando aparecen las tempestades económicas, políticas o sociales, su escaso calado intelectual se hace manifiesto, dejando al descubierto sus limitaciones.

Se preguntará mi inquieto contertulio a qué vienen estas curiosas divagaciones. Dicho en buen chileno, lo que a esta pluma le preocupa es que demasiados de nuestros políticos están “enredados en hilachas y comidillos”, mientras el país continúa empantanado en una inmovilidad que le impide crecer, progresar y, sobre todo, corregir el rumbo y “poner la proa en la dirección correcta”: la solución de los problemas que afectan al país y que le impiden avanzar.

El país enfrenta dificultades políticas, económicas, sociales e institucionales que no se resolverán con consignas ni eslóganes ingeniosos. Se necesita inteligencia, carácter, experiencia, sentido histórico y comprensión de la naturaleza humana.

Tal vez esa sea la gran enseñanza de Plutarco, Portales, Maquiavelo, Marco Aurelio, César y tantos otros: antes de preocuparse por conquistar el poder, hay que aprender a comprender al hombre, su historia y sus instituciones.

Eso es precisamente lo que reclama nuestra contingencia: políticos de fuste, “de buen calado” y no chapuceros de la política.

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