
Cristián Labbé Galilea
La Semana Santa no es sólo una tradición religiosa propia de la sociedad cristiana occidental; más allá de toda creencia, es una oportunidad propicia para la reflexión, el recogimiento y la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. No se trata simplemente de un fin de semana largo; es tiempo para fortalecer principios y valores fundamentales, que trascienden lo material, cuya proyección urge en la vida cotidiana, especialmente en quienes ejercen responsabilidades públicas.
En ese contexto, resulta inevitable —y urgente— preguntarse: ¿cuándo la sociedad política hará un verdadero ejercicio de introspección?, porque, mientras se multiplican las críticas apresuradas o simplemente irresponsables, los más necesitados siguen esperando. La política no puede seguir atrapada en la lógica del cálculo mezquino, tiene el deber de ordenar sus prioridades y ponerse, sin excusas, al servicio de los más vulnerables.
Vivimos días decisivos: se instala un nuevo gobierno que carga con el peso de enormes expectativas; a ello se suman serios problemas heredados, y una ciudadanía que exige respuestas inmediatas. Pero hay que decirlo, fuerte y claro: gobernar no es un acto instantáneo, exige tiempo, responsabilidad y, por sobre todo, un mínimo de unidad y disciplina de quienes dicen ser sus partidarios.
Lo que menos necesita un gobierno que recién comienza es esa crítica social solapada —sí, a usted me refiero, mi crítico parroquiano— ya que, sin darse cuenta, se suma a un coro malintencionado de reproches ligeros e infundados.
Peor aún es la crítica que emana del propio sector político, muchas veces impulsada por resentimientos o simples afanes de protagonismo —al que le venga el sayo, que se lo ponga—. Unos y otros —parroquianos y políticos—, no aportan nada con su crítica, y además debilitan un proceso que exige responsabilidad y altura de miras. Si no tienen disposición a sumar, al menos por prudencia… ¡quédense callados!
Después de más de treinta años, tenemos un gobierno que encarna nuestros valores y principios. Desperdiciar esta oportunidad sería imperdonable. Es el momento de impulsar un verdadero “cambio copernicano” en la forma de administrar el Estado… ¡sin titubeos, ni cálculos menores! Eso fue lo que la ciudadanía eligió, y hoy exige ver “a los propios” defendiendo con convicción la acción de su Presidente y de su gobierno, sin ambigüedades. No vale el silencio cómodo ni la distancia oportunista, sólo valen la firmeza en las convicciones y la confianza en el rumbo trazado.
El sentido humano más profundo de esta semana nos invita a todos a poner el foco en el prójimo; en política, eso se traduce en entender que las urgencias sociales requieren decisión, coraje y firmeza. Los sectores vulnerables no pueden seguir siendo rehenes de mezquinas disputas.
Por último, esta humilde pluma invita a nuestros parroquianos y políticos a asumir un compromiso… ¡menos crítica y más compromiso! Ese es el mejor homenaje al espíritu de la Semana Santa… ¡la Providencia nos está mirando!
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