
Cristián Labbé Galilea
Hace tiempo viene generando polémica un columnista, de quien voy a dar sólo sus iniciales (Carlos Peña), quien se ha convertido, por moda, en referente de cierta élite ilustrada. Su investidura —rector de universidad— pareciera convencerlo de que cada una de sus palabras está blindada por el aura de la intelectualidad.
Sin embargo, basta leerlo para advertir que, más que claridad, sus columnas son un rebuscado despliegue de fuegos artificiales retóricos.
Su estilo descansa en la antigua estrategia: citar mucho y explicar poco. Desfilan por sus columnas filósofos, unos conocidos y otros de apellido impronunciable, pensadores y teóricos forzadamente seleccionados. Cada párrafo parece escaparate de vieja biblioteca. Pero el lector común —ese ciudadano que lee el diario con un café— no encuentra allí una reflexión que le ayude a entender la contingencia, sino un ejercicio de exhibicionismo intelectual.
Citar no ha sido nunca un pecado; de hecho, esta pluma recurre con frecuencia a una que otra cita. Al contrario, la cita nutre el diálogo con quienes nos precedieron. El problema surge cuando la cita es utilizada para torcer una opinión buscando un respaldo “ornamental”, convirtiendo a los citados en meras cortinas de humo.
Sus columnas además están cargadas de un tono propio de un siútico, ese que confunde elegancia con afectación, terminando por revelar más inseguridad que brillantez porque, la verdad sea dicha, el que sabe no necesita impresionar… ilumina sin ruido.
La inteligencia auténtica no humilla ni presume. Eso lo saben nuestros fieles lectores, porque cuando la pluma se usa para impresionar, y no para esclarecer, el pensamiento pierde su nobleza y se convierte en jactancia… ¡Tal es el caso!
Últimamente -de allí el motivo de esta columna-, el rector–columnista ha dejado de lado toda apariencia de ecuanimidad para dedicarse a denostar al Presidente electo, calificándolo con toda arrogancia como “simplemente falto de ideas”. Su soberbia académica no es más que una vulgar descalificación envuelta en “un papel de suficiencia filosófica”.
Recientemente, el Rector Peña, se refirió al mandatario electo como “un vecino sentado en una mesa de intelectuales” … “cómo alguien que balbucea banalidades ante mentes superiores”, comparándolo con Chauncey Gardiner, el personaje de la obra “Desde el jardín”, de Jerzy Kosinski, aquel hombre simple cuya vacuidad es confundida con profundidad por una élite deseosa de proyectar en él sus propias fantasías.
Qué se habrá creído este siniestro personaje, al descalificar a un Presidente electo, reduciéndolo a caricatura, ya no sólo como un gesto de soberbia intelectual sino como muestra de desprecio por la voluntad popular, más aún cuando estas irónicas y resentidas descalificaciones se formulan en un medio como El Mercurio… ¡Inaceptable!
Finalmente, esta pluma recuerda que la verdadera estatura y sabiduría de un pensador se mide por su capacidad de expresarse con claridad y humildad… sencilla verdad que algunos olvidan: “la gentileza del sabio es la simplicidad”. ¡Peña no es el caso!, porque quien necesita exagerar su erudición para sostener su opinión, sólo está desnudando su resentimiento.
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