Alfredo Jocelyn-Holt

Me informa un amigo melómano que es inusual ovacionar de manera prolongada, además de pie, en el Festival de Salzburgo. De modo que el aplauso cerrado al inicio y final (10 minutos) la semana pasada, la sala homenajeando a Plácido Domingo, fue único. Salzburgo no se sumó a Los Ángeles, San Francisco, Filadelfia o Nueva York. No canceló funciones ni desinvitó al tenor acusado de acoso habiendo investigaciones y descargos todavía en curso. En definitiva, Salzburgo, una de las principales capitales de la música, ha repudiado el protocolo impuesto tras la viralización del #MeToo, tan del mundillo del espectáculo hollywoodense. Coincide, además, su postura con la del resto de Europa donde ningún compromiso del cantante ha sido revocado a la fecha.

Estas campañas que se solazan en su propia rectitud se originan en el ambiente tóxico de las universidades en EE.UU., algunas prestigiosas. Lugares doctos pero que, hace rato, se ven asediadas por un sectarismo puritano normativo pautado desde facultades de Humanidades en franca decadencia. Ya sea que cultivan disciplinas tradicionales supuestamente irrelevantes (Filosofía, Literatura, Historia) y dejan caer sus estándares; se exponen a que se las conmine a comprometerse con el victimismo social y de género, cuestión que aceptan; o bien, dado que funcionan peor que pésimo en universidades tenidas por empresas productivas (hoy todas), terminan llamando la atención como sea, incluso chantajeando emotiva y psicológicamente (de algo que sirvan).

Esta última dimensión está muy bien ilustrada por Greg Lukianoff y Jonathan Haidt en su excelente libro Malcriando a los Jóvenes Estadounidenses, recién editado por la Fundación Para el Progreso. Y es que, al trasfondo decadente universitario anterior, habría que agregar -sostienen los autores- la nueva composición de los estudiantes actuales cada vez más masificados, vulnerables, agobiados con problemas de salud mental, además histéricos, empeñados en que no se les agreda u ofenda, de lo contrario arman el jaleo respectivo. Frente a lo cual las autoridades se rinden, lo que no es raro, comparten las reivindicaciones políticamente correctas y el paternalismo sobreprotector valida el sentido de sus existencias. Eso sí que entre tanto ambiente seguro, a estos estudiantes libres de toda perturbación, se les reafirma en su propio patetismo victimista y se les prepara para un más que seguro fracaso en la vida.

Las universidades, además, no cuentan con nada semejante que permita lo ocurrido en Salzburgo y equilibre el asunto. Impensable. Ningún claustro de académicos que asuma su responsabilidad, ningún estudiantado alternativo en campus que se pare de pie y reclame en contra de meras imputaciones. Claro que nada parecido sucede tampoco en la Iglesia, o en política, y así no más estamos.

Fuente: https://viva-chile.cl/2019/09/el-mensaje-de-salzburgo/

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera, el viernes 30 de agosto de 2019.

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